martes, 20 de marzo de 2012

Estadísticas


Las estadísticas siempre me han parecido un tanto vacías, casi como una prostituta en busca de clientes. No se me escandalicen: son datos y más datos que simplemente se ofrecen al mejor postor para que haga lo que le salga del mondongo con ellos. No se ciñen más que a unas reglas aritméticas que, además, los sociólogos flexibilizan como si fuesen contorsionistas para, efectivamente, poner las cifras al servicio de quien corresponda. Y las peores estadísticas son las que tratan sobre los seres humanos -la mayoría o, al menos, las que más interesan al respetable-. Estos cálculos traen y llevan los comportamientos, gustos, querencias y tendencias, actitudes, omisiones, caprichos y necesidades de las personas y juegan con ellas hasta convertirlas en un blandiblú mugriento. Las usan, no nos engañemos, como meros instrumentos para hacer cantar lo que al director de orquesta, sociólogo, le apetezca.

Pues bien, ha salido una estadística de ésas sobre el año 2010 que trata, agárrense, del número de suicidios habidos en España. Sí, personas que se han quitado de fumar, fíjense qué tema tan agradable para tratarlo en las sobremesas familiares. Y con una concreción que raya lo obsceno: que si tantos se han colgado, otros se han lanzado al vacío, para los de acá con un tiro ha sido suficiente y los de allá han buscado la inestimable ayuda de venenos, drogas y medicamentos varios. Casi, casi como quien habla del goal average en la liga de fútbol, del número de triples encestados por el jugador mengano o la velocidad media del ciclista zutano. Una hermosura y un desparpajo frívolos, extremadamente frívolos.

Pero juguemos a pájaros de mal agüero, y con sus reglas, a ver qué pasa. Ya les he dicho que nos cuentan las formas de picarse el billete a uno mismo que han tenido los afortunados protagonistas de la estadística. También nos detallan los tramos de edad y las distancias absolutas y relativas entre unos números tan fríos como los cadáveres de los que hablan. Tres por debajo de los 15 años, vaya, qué curiosidad científica tan grande. Se les olvida decir, eso sí, que no es la primera causa de muerte en España sino, muy de lejos, la segunda: 3.145 suicidados contra más de 100.000 abortados. Pero no nos distraigamos con detalles que a nadie importan -y si no es así, si a alguien les importan, que lo demuestre- y vayamos al premio gordo: allá, en la parte baja de la noticia, ya en la cola que no lee mucha gente, nos aseguran que del total de suicidados en 2010, 2.456 son varones por 689 mujeres. Repito: aproximadamente el 80% de los suicidados son varones y tan sólo el 20% mujeres. Sobre una población en la que la proporción entre sexos es, más o menos, del 49% de varones por el 51% de mujeres.

¿Creen ustedes que alguien se pregunta cuál es el porqué de semejante desproporción, qué puede causar un desfase de tal calibre? Pues no: unos listísimos profesores y catedráticos nos cuentan que, claro, es que las mujeres se cuidan más. Y sanseacabó con el temita. Que ya molesta. No, no, ni se les ocurra pensar que detrás de la divergencia atroz puedan estar las distintas leyes de ideología de género, bonito palabro, que cascan al varón imputado -ni siquiera acusado ni, por supuesto, condenado- como medidas cautelares las medidas condenatorias. Que nadie sospeche que el dejar al varón en la calle pagando la hipoteca de la casa y la letra del coche, la manutención de unos hijos que nunca volverá a ver y la pensión a su mujer, que es quien lo ha acusado de cosas bárbaras, y todo antes de haberse probado absolutamente nada, digo que nadie sospeche que todo eso pueda tener nada que ver con que por cada mujer que se suicida lo hacen cuatro varones. No, pensar esas cosas puede ser calificado de conducta antisocial, o machista, o carcamal.

Señoras, señores, ése es el nivelico que tenemos y así es como, irremediablemente, nos va. ¿No les da un pelín de miedo? Pues ya pueden temblar con ganas porque motivos hay más que de sobra.

Diego Garijo

En tiempos de tribulación, no hacer mudanza


Los cambios, sean éstos los que fueren, siempre son por su propia esencia traumáticos. Es inevitable, así, que durante el cambio de un estado a otro se experimente una serie de choques y grietas que deberemos afrontar para hacer fructífero dicho cambio. Además, no está fuera del alcance de cualquiera con sentido común que para asumir este trauma inevitable debe emplearse toda la fortaleza posible, dependiendo de este importantísimo factor el éxito de la transposición. En un nivel más práctico, peor afrontará un cuerpo convaleciente una nueva enfermedad que un cuerpo sano, y peor será un trauma de cualquier tipo para un cuerpo viejo y cansado que para uno joven y fuerte.

No lo han entendido así nuestros gobernantes y sus palmeros mediáticos que insisten en la necesidad de que se hagan reformas legislativas, traumáticas de por sí, en mitad de una convalecencia tan grave como la crisis que atravesamos. No es inteligente afrontar nuevos esfuerzos con un sistema ya debilitado que no ha sabido afrontar esfuerzos pasados. Y menos todavía si las reformas influyen de modo tan directo al cuerpo social del país: los sectores más golpeados por la crisis, los necesitados o los discapacitados, entre otros, dependen ya de nuestra atención y ésta no puede estar al albur de las ocurrencias del gobernante de turno. No sería justo para con los débiles y, al cabo, convertiría en necesitados a muchos más de los que ya lo están, creando un marasmo en la atención pública con resultados de pavorosa predicción.

Que España necesita una profunda reforma no se le escapa a nadie. Una reforma intensa y difícil que ataña a todos los niveles estructurales, sociales, educativos o económicos, y no sólo unos emplastos de contingencia para salir del paso, unos remiendos que se presentan con ínfulas de soluciones sesudas y que no aguantan el más mínimo estudio riguroso e independiente. Pero tampoco deberíamos olvidar que todos esos cambios de los que hablábamos más arriba, esa renovación estatal y social, tan importante, necesita de una fortaleza que, sencillamente, en la actualidad no tenemos. Sin embargo, cuando, al menos aparentemente sí disponíamos de esa fuerza, nadie osó plantear unas medidas que ya entonces eran urgentes y que, de modo directo, hubiesen solucionado en una gran parte toda la crisis que atravesamos.

Gobernar no es el arte de la improvisación, del chalaneo ni del cambalache inopinado sino la ciencia de gestionar el presente y el futuro de la población, tomando las decisiones acertadas... en el momento adecuado. Es una actividad de servicio olvidada y sustituida por remedos de frases lapidarias y de dogmas vacíos y absurdos. Pero, cuidado, no vayamos ahora, por unas urgencias mal entendidas, a profundizar en el error y a empeorar la situación. No es importante que las reformas salgan sino que sirvan a las personas, verdadero y legítimo centro de toda la actividad política.

No olvidemos a los clásicos como santa Teresa, cuando predicaba “en tiempos de tribulación, no hacer mudanza”. Es un gran consejo, no nos perdamos en amagos peligrosos.

Cruzando el Rubicón

viernes, 16 de marzo de 2012

De derechos y reveses

Leo al Sr. Embajador preguntarse en voz alta sobre la existencia real del derecho a la maternidad. Coincido con él en los motivos para hacerse la pregunta y en sus planteamientos al respecto. Él mismo me anima en abundar en el tema, por su importancia, y mi primer impulso al escribir este artículo es titularlo “derechos y deberes”, para volver sobre el muy repetido -y cierto- planteamiento de que los derechos se adquieren con el cumplimiento de los deberes. Pero el subconsciente me gasta una broma y hace que mis dedos contrapongan revés a derecho, dejando el título que ven. Y aciertan.

Aciertan porque cuando voy a corregirme entiendo que se trata precisamente de eso. No es que la gente se olvide de los deberes a la hora de reivindicar derechos, sino de que parece que al personal se le van ocurriendo derechos conforme van obteniendo reveses. Y así, aspiraciones personales, tanto legítimas como caprichosas, que por las razones que sea no se cumplen de manera natural (y utilizo esta expresión en su absoluto significado y con toda la intención), se exigen por otros cauces.

Empezamos por aquellas mujeres a las que una enfermedad o disfunción les priva del regalo de la maternidad, ansiado por ellas, para justificar que tienen derecho a la misma por otros cauces, y ello nos lleva a que toda aquella que se encuentre con ese “revés” en su vida, independientemente de las causas exige su derecho. Por que claro, si existe el derecho a la maternidad, existe igual para una mujer joven cuyo marido es estéril como para una soltera de 45 años que lleva 20 atiborrada de hormonas y ahora el organismo, lógicamente, no responde a sus caprichos.

Estamos hablando de un supuesto derecho, el de la maternidad, que por afectar directamente a criaturas inocentes permite pocas gracias al respecto. Pero se puede trasladar a cualquier aspecto de la vida, lo que nos permitirá tomárnoslo más a lo que es: un cachondeo.

Los jóvenes tienen derecho a la diversión y el esparcimiento, faltaría más. Pero lo que encuentran es que sus caprichos no son satisfechos. Los locales tienen unas normas, las copas son caras, las chicas guapas no les hacen caso. Ante tales reveses, exigen sus derechos, y ahí vienen las administraciones a conculcar la ley y habilitar espacios ilegales para que los menores infrinjan la ley.  La excusa, les sonará: hay que buscar la forma de conciliar el derecho a la diversión con el derecho al descanso.

Si reconocemos que el revés que siente un pollo porque cuando se mira al espejo observa a un panzudo bigotón en lugar de una supermodelo de grandes pechos debe ser corregido otorgándole el “derecho” a corregir este disgusto en un quirófano generosamente pagado por todos nosotros, acabaremos llegando a la conclusión de que el mismo derecho tiene quien siente ese revés porque queriendo ser la viva imagen de un gran actor, más que a Brad Pitt o a Angelina Jolie, en el espejo se encuentra parecido a Benito Pocino o Rossy de Palma en mañana de resaca. Y claro, acabaremos reconociendo que las que han pagado por ponerse unos pechos defectuosos tienen derecho a que entre todos les paguemos unos nuevos a escote, nunca mejor dicho. ¿Por qué? Porque, ya saben, tenemos el derecho a estar conformes con nuestro cuerpo.

Hay jóvenes que, por las razones que sean, tienen dificultades serias para superar sus estudios. No son capaces de superar el nivel establecido. Pero claro, todos tenemos derecho a la educación, y si me estrello una y otra vez contra el listón, algo habrá que hacer. Exacto: Bajarlo. Y el zote sin remedio o el flojo irredento hacen valer sus derechos para que el vecino de mesa, aplicado e interesado, se tenga que aguantar y no recibir la formación que desea. Porque, ya saben, tenemos el derecho a que nadie se quede fuera y no pueda optar a la titulación.

Son ejemplos, que podemos considerar más o menos ridículos en comparación con el tema original y las vidas de los niños a las que afecta. Pero que reflejan un problema común: El de una sociedad que se ha saltado aquello de cumplir deberes para reclamar derechos y pasa directamente a reclamar como derechos las soluciones a sus reveses.

Tengo derecho a estar conforme con mi cuerpo, tengo derecho a tener los niños cuándo y como quiera, tengo derecho a acceder a servicios o sistemas con cuyos niveles mínimos no cumplo, tengo derecho a que me den por la tele en abierto mi dosis semanal de futbolina, tengo derecho a que en mi pueblo de 2.000 habitantes haya polideportivo cubierto y campo de césped artificial porque si no mi niño no va a conseguir entrar en la cantera del Real Madrid, y tengo derecho a que haya un bar de copas lo suficientemente cerca para volver dando tumbos hasta mi casa pero lo suficientemente lejos para que no me dé ruido. Salvo que yo sea el dueño del bar de copas, en cuyo caso tengo derecho a hacer ruido y al que le moleste que me pague la insonorización.

De una santa vez: NO tenemos derecho a satisfacer todos nuestros caprichos.

Tenemos derecho a que no nos impidan ser padre o madre, pero no a disponer a voluntad de un niño. Tenemos derecho a que no nos impidan tomar una copa si cumplimos con la ley, igual que el de al lado tiene derecho a que se nos impida tomar esa copa si no cumplimos con la ley. Tenemos derecho a llorar ante el espejo si no aceptamos la cruda realidad, pero no tenemos derecho a imponer una realidad paralela a otros, y menos pagada por todos. Tenemos derecho a que una empresa nos ofrezca un partido o unas carreras de motos, como tenemos derecho a que no se tire nuestro dinero por millones en las televisiones públicas para que otros (o muchos, o todos) vean a su equipo o a su piloto favorito. Tenemos derecho a que se invierta nuestro dinero (nuestro, sí, de todos) en instalaciones que sirvan al bien común, pero tenemos derecho también a que no se haga ni una pizca más de lo que realmente se pueda, se quede quien se quede sin su capricho o su hobby.

Porque, diga lo que diga Ikea, no por el simple hecho de tener una mala tarde tenemos derecho a nuestra fiesta.

Gonzalo García

Riesgos no valorados ni asumidos

Hablábamos ayer de la función básica del Estado que es servir a los individuos que lo forman y que le otorgan la legitimidad misma de existir. En esa función lícita, el Estado está estructurado y cada parcela de esa estructura tiene un órgano director, llámese Gobierno, llámese Consejo, llámese Ayuntamiento. Pues bien, es obligación primera de dicho órgano director ser fiel a los fines del Estado y guiarlo a tales objetivos.

El Estado español, con su estructura elefantiásica multicentralista, tiene unos órganos rectores en todos los niveles que no sólo no cumplen ni hacen cumplir los fines primordiales de la legitimidad estatal sino que se afanan en subvertirlos contra el propio Estado o en usarlos para beneficios particulares muy lejanos de los lícitos. Los casos Gürtel o los ERE’s fraudulentos no son excepcionales: no hay nivel gubernativo que no esté salpicado, en mayor o menor medida, por corruptelas de todo tipo, por tráfico de influencias, por cohecho, por prevaricaciones diversas o por malversaciones de fondos públicos. Tampoco hay excepción en conductas nepotistas para con los miembros del propio partido, reparto de prebendas, cargos, privilegios, licencias o cualquier otro tipo de bien físico o jurídico a los más cercanos a la sigla gobernante en cada lugar. Y, necesariamente, las personas que están encargadas de dirigir el Estado, esto es, de servir a los intereses del común de sus compatriotas, ejercen una dejadez siempre culpable en sus funciones y en sus responsabilidades.

Llegados a este punto, es absurdo pretender que lo que falla por la base pueda ser arreglado, reparado por unos superficiales parches de cara a la galería. No ya sólo por una cuestión teórica o incluso práctica sino más bien por el riesgo serio que conlleva de provocar una gravísima fractura social en la nación. Los representantes del Estado no quieren ser conscientes de que no son sus privilegios lo que está en juego, que también, sino la propia paz y el orden necesarios para el crecimiento nacional, exista el sistema de gobierno que exista.

Debemos atrevernos a mirar de frente el problema, a localizar la raíz del mismo y, sin dudarlo, eliminar esa raíz. Si es necesario cambiar el sistema, cambiémoslo; si es cambiar la estructura, no vacilemos; si es ponerlo todo patas arriba para empezar de nuevo, hagámoslo deprisa, antes de que sea demasiado tarde. Por nosotros mismos.

Cruzando el Rubicón

jueves, 15 de marzo de 2012

Ahora que no nos oye nadie

Ya les conté el otro día mi aventura en el metro de Madrid, aquella odisea -al fin y al cabo se trataba de un viaje, como hacía el fulano ése, el tal Ulises- en la que arriesgué la vida y afronté riesgos sin par por conseguir, al fin, salir victorioso. Y es que el transporte público, y colectivo, es así de entretenido: merece la pena tomarlo siquiera de vez en cuando para, en vez de ir pendiente del caótico tráfico, ir atento al comportamiento en el hábitat natural de los especímenes de alrededor. Aunque en eso es mucho mejor el autobús, dónde va a parar.

Por ejemplo, en el autobús siempre se puede escuchar a un señor explicando por el móvil los más íntimos detalles de su última visita al médico por un atasco intestinal, que no sabes Pepe lo que duele y las cosas que hay que hacer para ir a obrar, o a una señora contando cariacontecida sus planes estéticos, que si botox en la papada, que si liposucción en las pistoleras, que si rinoplastia y otoplastia en oferta dos por uno. Lamentablemente, el espectáculo en la sección juvenil, extraordinario en su día, en el que se contaban los vericuetos de apareamientos entre mamíferos bípedos en lugares públicos, se ha visto seriamente dañado por el avance de la técnica: han cambiado las conversaciones habladas con el móvil por mensajes escritos instantáneos. Por el móvil, también, que ahora se llama smatphone. Y, claro, asomarse a ver qué ha escrito la jovencita pintarrajeada o el jovencito granuliento pues como que da reparo, que a saber cómo se ponen si se hurga en sus secretitos a la oreja virtual de su amigote de turno -secretitos explicados más arriba que, huelga decirlo, hace no tanto los contaban precisamente a escasos centímetros de una oreja ajena perfectamente real y física-.

Sí, vale, venga, son los inconvenientes inevitables de los adelantos en telecomunicaciones, progresos que, no me cabe la más mínima duda, tienen unos enormes beneficios sobre la Humanidad toda. Pero, digo yo, ¿no se da cuenta la gente, esas personas que impúdicamente nos cuentan sus intimidades, que su vida nos importa un enorme y soberbio carajo? Pero, ¿saben?, creo que lo mejor es relajarse y disfrutar de la función: de todos modos en la tele hacen lo mismo y tienen decenas de millones de espectadores.

Diego Garijo